Días angostos
Cosas que pasan cuando tiramos de una palabra
Ha estado lloviendo por cinco días. Sin parar. Veo por la ventana y parece que el mundo se transformó. Esta lluvia sutil y constante borra los contornos de las cosas y descubre un paisaje distinto, en el que es fácil perderse. Luego de tanto llover, el aburrimiento se acumula y siento que el alma se vuelve pesada, como la ropa que entre tanta humedad no llega a secarse.
Como no queda más que hacer, me pongo a leer. Tengo un librito nuevo, que abro: Antología del grupo poético de 1927. El primer poema es de Pedro Salinas. Es bastante musical y en el centro hay un nudo que me aprieta y no me deja en paz: “Busqué los atajos/ angostos, los pasos/ altos y difíciles…” Más adelante, continua: “Te busqué la puerta/ estrecha del alma,/ pero no tenía,/ de franca que era, /entradas tu alma…” La búsqueda del poeta está asociada a dos palabras, que parecen ser intercambiables: angosto y estrecho. Dos palabras bastante cotidianas, que no recuerdo haber utilizado mucho nunca. Desde luego, que aparezcan ambas en un mismo poema no es casual. Un poeta de la talla de Salinas no utiliza las palabras casualmente, y sin embargo… ¿Cuál es la diferencia entre una y otra? Me quedo pensando un poco. Pienso en qué situación diría angosto o estrecho. Desde luego, suenan distinto, pero eso no es todo. Leo un par de poemas más y luego vuelvo. No sé qué es, sin embargo, lo que me trae de vuelta a estas dos palabras.
Como no queda otra opción, abro el diccionario. No busco las palabras en línea solo por tener una excusa para revisar los dos tomos viejos, que eran de mi abuela y casi nunca uso. De la a a la g y de la h a la z. Llego a angosto primero. Está entre angostar y angostura, y simplemente se lee: adj. Estrecho o reducido. Gran ayuda. Sobre estrecho (entre estrecha y estrechón, palabras infrautilizadas) hay más: que tiene poca anchura, que es ajustado o apretado, se dice de la amistad cuando es íntima, etc.
El diccionario reveló poco, entonces paso a la etimología. Estrecho viene del latín strictus, participio de stringere. Quiere decir apretar, ceñir. De la misma raíz surgen estricto, restricción, constricción. De nuevo, Salinas:
Te busqué la puerta estrecha del alma, pero no tenía, de franca que era, entradas tu alma. ¿En dónde empezaba? ¿Acababa, en dónde?
Llueve sin parar. El mundo y sus cosas se deshacen en el sonido de las gotas cayendo: todo pierde su nitidez. Nos volvemos incapaces de reconocer dónde algo comienza y dónde acaba. Para ver si algo se aclara, busco la etimología de angosto. En un pasaje de Macrobio, autor romano, se menciona que los antiguos llamaron al solsticio de invierno bruma, debido a la brevedad del día. Bruma es el nombre de la fecha, pero algunos dicen que la inquietud y el desasosiego causado por los días cada vez más cortos se expresaban con la palabra ango. De ango deriva angustus, y de ella, nuestra palabra angosto. En un uso para mí desconocido de la palabra, Macrobio habla de la angostura de los días invernales. De angustus, además, surge angustia, palabra que también puede asociarse con el pasar del tiempo. Al respecto, el filólogo francés Georges Dumézil escribe que angustia es una palabra que se puede usar para hablar de un periodo de tiempo que “se percibe como demasiado corto, es decir, como dolorosa o gravemente corto”.
Claro que, a veces, nos gustaría que el tiempo pasara más rápido. La angustia no está solo allí donde el tiempo se nos va como granitos de arena entre las manos, sino también en esos días grises que nos torturan con su lento pasar. Este es un sentimiento que conoció el poeta Ovidio, exiliado en Tracia. Fue expulsado de Roma por Augusto, en el año 8, y no se sabe a ciencia cierta porqué. Quizás él tampoco lo sabía: ningún César, desde luego, fue propenso a dar explicaciones. Todo lo que Ovidio dice es que fue carmen et error – un poema y un error. Hay quien cree que el exilio se debía al tono escandaloso de algunos de sus versos; otros dicen que había estado presente en una ceremonia donde se había hablado del destino del emperador, y otros dicen que había participado, en contra de su voluntad, en el adulterio cometido por Julia, nieta de Augusto. La razón, al final, poco importa. Ovidio parece estar deprimido y así escribió Las Tristezas. Para hablar de como temporadas se disuelven en la tristeza y le es dificil encontrar placer, recurre a nuestra palabra: “Ni algo de las noches me quita el solsticio, ni para mí los días hace la bruma angostos”.
Aquí no es invierno, pero ha estado lloviendo por cinco días, sin parar. El tiempo parece no pasar y todo momento es igualado por la luz gris. La angustia, como una lluvia que no acaba nunca, amenaza con consumirlo todo. Hoy es igual que ayer, y la mañana igual que la tarde. Podría hablar de los días angostos.
Es posible que “angustus” también sea la raíz de Angerona, una divinidad romana sumida en el misterio. De esta diosa se sabe poco. Se asocia con el silencio y la angustia, pero las interpretaciones son diversas. Su día de fiesta era el solsticio de invierno, bruma. Ese día, se le ofrecía un sacrificio, en una capilla donde se hallaba una estatua de la diosa con la boca tapada por vendas y, según dicen, llevándose un dedo a la boca, instando a sus observadores al silencio. Este gesto de la diosa ha llevado a que desde la antigüedad se la considerase como la protectora del nombre secreto de la ciudad, impronunciable para no correr el riesgo de revelarlo ante los enemigos de Roma. Algunos dicen que Angerona era el mismo nombre de la ciudad. Casi podemos imaginarnos a los romanos muertos de frío, viendo el gesto de la diosa y callando. Diosa del silencio, que protege y ayuda a sobrellevar la angustia de esos días oscuros.
¿Por qué llamaba al silencio? Quizás porque hay cosas que solo aparecen cuando dejamos de buscarles atajos:
El alma tenías tan clara y abierta, que yo nunca pude entrarme en tu alma. Busqué los atajos angostos, los pasos altos y difíciles… A tu alma se iba por caminos anchos. Preparé alta escala -soñaba altos muros guardándote el alma-, pero el alma tuya estaba sin guarda de tapial ni cerca. Te busqué la puerta estrecha del alma, pero no tenía, de franca que era, entrada tu alma. ¿En dónde empezaba? ¿acababa, en dónde? Me quedé por siempre sentado en las vagas lindes de tu alma.
No ha parado de llover en cinco días. Miro por la ventana la masa gris que está donde debería haber un horizonte. Me siento como si estuviera en las lindes de un mundo tan abierto que no puedo entrar. Pero con la lluvia, el mundo adquiere un carácter sónico que no tiene bajo ningún otro clima. Se necesita callar, obedecer el gesto de Angerona, diosa romana del silencio. Presto atención para oír más allá del agua y notar las sutilezas: las gotas que caen sobre el techo, como pasitos de una criatura mágica que camina lentamente; el agua que corre cantando dulcemente por el caño; el contacto de los neumáticos con el asfalto, que me hace pensar que es la calle la que se lleva al auto, arrastrándolo hacia un lugar lejano. Los contornos del mundo se pierden, pero los detalles cobran vida. Solo cuando noto las hojas y no los árboles, veo cómo estas arrullan gotitas minúsculas, sin dejarlas caer. Angerona, de mármol frío, se está llevando el dedo a la boca.
Si esto resonó contigo, Piroclástico llega todos los viernes.




